Montevideo, 14 de abril de 2006

 

A la Comisión Ejecutiva Provisoria de ADUR

 

Estimados compañeros:

He recibido y agradezco la adjunta nota de la Comisión que ustedes integran. Por supuesto, deseo que la Convención “Esc. Fernando Miranda” sea extremadamente fecunda y esté así a la altura de su nombre.

Me alegra ver que el temario asigna un lugar central a la problemática del cogobierno. Quisiera colaborar a su discusión, desde mis reducidas posibilidades y desde los puntos de vista que he defendido permanentemente. Me preocupa enormemente el doble proceso de descaecimiento de la discusión de ideas y de personalización de la política universitaria. Para la salud de la democracia participativa – de la cual el cogobierno universitario pretendía ser ejemplo – son imprescindibles la construcción conjunta de programas de largo aliento y la articulación de actores colectivos capaces de impulsarlos. La cuestión es a la vez ética y práctica: cuando el cultivo colectivo de las ideas y los proyectos decae, lo que emerge es la realidad de la baja participación.

No me considero pues en condiciones de presentar una moción personal. Sólo puedo hacer unas breves reflexiones, cuyo eventual uso queda en manos de ustedes.

            El país precisa una Segunda Reforma Universitaria. La transformación deberá ser más profunda y enfrentar mayores dificultades que el proyecto alumbrado en Córdoba, ante todo porque el conocimiento y la educación juegan hoy un papel todavía mayor que ayer en las relaciones de poder y en la desigualdad social. Además, la cuestión no es sólo transformar la universidad sino al sistema educativo en general. La Segunda Reforma Universitaria debiera colaborar a la generalización de la enseñanza avanzada y permanente, la cual debe llegar a ser accesible a todos de maneras diversas que permitan combinar educación y trabajo a lo largo de la vida entera. Se trata de una transformación inmensa, cuya efectiva realización es imprescindible para el Desarrollo con mayúscula del Uruguay.

            Colaborar a esa transformación implica para la Universidad desafíos mayores. Tendremos que aprender a enseñar a personas de muy variadas edades, experiencias y formaciones, cosa que apenas si estamos encarando hoy. Tendremos que repensar las conexiones entre enseñanza, investigación y extensión, al presente demasiado débiles. Tendremos que combinar cada vez más la enseñanza por disciplinas con la enseñanza por problemas. Para ello, tendremos que integrar realmente la extensión a la enseñanza. También tendremos que repensar las agendas y las modalidades de evaluación de la investigación, para estimular el tratamiento de grandes problemas nacionales, tanto por lo que la Universidad puede aportar a su solución como por el valor educativo que supone la incorporación de los estudiantes a ese tipo de actividades.

            Generalizar la enseñanza avanzada y permanente exige ampliar inmensamente las oportunidades educativas. Hace falta multiplicar y diversificar las instituciones de enseñanza terciaria pública; la UR debe promover y apoyar ese proceso. Hace falta, más aún, conectar de maneras nuevas los mundos del trabajo y la educación, en particular considerando como aula potencial todo ámbito donde una tarea socialmente útil es realizada eficientemente. Convertir esas aulas potenciales en aulas reales es tarea a la cual la UR puede hacer – conjugando enseñanza, investigación y extensión – una contribución fundamental y fundacional.

            Transformaciones como las esbozadas requieren protagonismos colectivos que los marcos actuales dificultan al extremo. Dos mil quinientos años de experiencias democráticas muestran que la gente participa efectivamente ante todo en ámbitos de proximidad. El cogobierno exige hoy dedicarle la vida entera, con lo cual la mayoría queda afuera. Hay que descentralizar en todo lo que sea posible los ámbitos de decisión para ampliar la participación. Si lo hacemos, podremos integrar el ejercicio del cogobierno a la enseñanza, en el entendido de que constituye una inmejorable oportunidad de formación para la ciudadanía, cuyo efectivo desempeño en el mundo de hoy es tan problemático.

            Si los órdenes universitarios priorizan la transformación revitalizadora del cogobierno y su contracara imprescindible, la formulación de proyectos transformadores de largo aliento, quizás mañana los historiadores escribirán algo del siguiente tenor: En 1908, el estudiantado latinoamericano reunido en Uruguay levantó la bandera del cogobierno. En 1958 la Universidad de la República la hizo realidad. En 2008 la misma institución se había convertido en pionera de la Segunda Reforma Universitaria.

 

Reciban los saludos fraternales de

Rodrigo Arocena

 

 

 

 

 

 

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